sábado

El Orgullo Latinoamericano


       


      En la parte más cotidiana del barrio de Flores se esconde el taller-estudio de Gustavo López Armentía; y no podría ser de otro modo teniendo en cuenta que, a pesar de haber expuesto desde la década del ochenta en el exterior y ser uno de los más importantes artistas argentinos actuales, nunca ha olvidado quién fue ni quién es. Ese sabor a periferia es el que define el rasgo personal de su obra, sabor al barro de donde nacimos, de donde nos criamos que, a su vez, se funde en la mezcla de los unos con los otros mientras forjamos nuestra identidad. La identidad ¡gran problemática posmoderna si la hay! Pero Gustavo maneja este concepto en un sentido mucho más amplio que el de la mera identificación individual o la mera construcción yoica: en su obra las barreras se borran, el mundo se unifica, todos pasamos a participar de la sensación de sentirnos parte de un Todo, traspasando cualquier tipo de freno racial, espacial o histórico, lo que no significa, empero, la uniformidad o la monotonía: el respeto por el pasado y por la individualidad también es preciso. Es que participar de la identidad del mundo implica partir de lo que ya somos, no sólo aceptando nuestras raíces sino aprendiendo a valorarlas.
     Es interesante ver esto en obras como Subiendo con todos (2007) donde el peso de nuestro hogar es arrastrado cuesta arriba, a pesar de las fuerzas de quienes  intenten detenernos; sin embargo, seguimos adelante cargando con todo el pasado de  nuestros Secretos Populares (2007), cuidándolos como si fueran el tesoro más preciado, siempre mirando hacia el futuro, como miramos en Búsquedas (2007). Esta identidad, que tiene miras al futuro pero que no olvida nunca el pasado, que está continuamente pivotando entre lo pasajero y lo permanente, se fusiona conjunto al territorio. Así, en Los triunfos en la derrota (2002) los lugares específicos ya no tienen importancia, se confunden para dar lugar a un sentido más amplio y general, manteniendo lo único que podrá salvarnos: las palabras. 
 
Sin embargo, no toda su reflexión concluye en la construcción de la identidad; y con las mismas convicciones y la misma curiosidad que lo mueve a preguntarse por quiénes somos, también lo hace para preguntarse sobre el arte mismo. Un arte que quizá hoy día sufra del flagelo de la mercantilización y el marketing más salvaje y nos pueda alejar de entenderlo como un vínculo sensible entre culturas tan distintas o como el lenguaje común con el cual podamos unirnos desde lo emocional. “Hay mucha trampa” advierte Gustavo y en cierto sentido es verdad. Porque en la periferia, se ha comprobado, todavía no han nacido los poderes de legitimación artística que nos merecemos como cultura y Patria que tenemos, debiéndonos subordinar a la crítica y a los mercados establecidos a tantos kilómetros de distancia nuestro que poco pudieran saber algo de quiénes somos. Entonces bajan (sic) línea desde allá para demostrarnos una vez más quiénes eran los que establecían las reglas en este Mundo. Pues todo esto contribuye a volver a cero las búsquedas con las que comenzamos esta nota. ¿Cómo volvernos Uno si algunos arrogan la potestad de decidir taxativamente por nosotros? ¿Cómo lograr una identidad común si, en definitiva, buscan que nos acoplemos a la más fuerte? Claramente, parte de las respuestas esté en no olvidar nunca que, por más que intenten confundirnos, tenemos Patria y somos latinoamericanos; y en este sentido, la obra de Gustavo López Armentía quizá contribuya a recordárnoslo. 


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