miércoles

Entre la fantasía y la Realidad






“La literatura exaltó, hasta hoy, la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso de corrida, el salto mortal, el cachetazo y el puñetazo. Un coche de carreras con su capó adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo... un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia.”
Marinetti - Manifiesto Futurista

     A finales del siglo XIX, la desvinculación de la práctica artística con la Realidad, en la que los movimientos postrománticos habían concluido con el esteticismo, conformó el status de autonomía que el arte necesitaba para fundarse como Institución separada de los poderes eclesiásticos y monárquicos. De esta forma, los artistas se abocaron a exaltar la mera belleza estética de la obra, sin la necesidad de apelar a ningún contenido que estuviese ligado al contexto, como una búsqueda de liberación de los regímenes de poder. Luego, por la década del setenta, Bürger definirá dialécticamente a las posteriores Vanguardias de principios del siglo XX como crítica de esa autonomía y ese art pour l’art considerando que, lejos de haberse liberado, se habrían enajenado de la Vida misma, manteniendo el status quo sin ninguna intención de cambio.
     Hoy, a más de un siglo de distancia de las Vanguardias Históricas, vuelven a aparecer las preguntas en torno a la unión entre el arte y la praxis vital. En algún momento, quizá hubiéramos podido pensar que el arte actual debía fundarse sólo en los parámetros de belleza pura, como se ha temido que ocurra desde algunos movimientos norteamericanos de la década del cincuenta -con los cuales Greenberg intentó oponerse al arte kitsch- al ver cómo se sobrevalora, por estos días, a ese neo-esteticismo sin contenido que abunda por las galerías. Pero al observar más en profundidad, podemos también dar cuenta de la existencia de otras tendencias que, a suerte de antítesis, se oponen a esa idea de arte establecida por la crítica o el mercado, y que permiten esperanzarnos acerca de una posible superación de las características fundadas en el mero goce o placer estéticos del arte comercial.
     Este es el caso de la propuesta de Sofilí, quien reaviva el viejo sueño de las Vanguardias de reunir al arte con la Vida. Utilizando los dialectos propios de la cultura de masas, penetra en su profundidad y, como una suerte de Casandra, va mostrando -no demostrando- y presentando -no representando- la Realidad hasta develar satíricamente lo oculto, o bien, naturalizado por la sociedad misma. Por lo cual, homologarla sólo con la estética del pulp o el comic, como si meramente se tratase de una representación que coincide con los parámetros visuales de los medios masivos, no sería justo con ella: su tendencia, que quizá nos recuerda a la obra madura de Jerry Kearns o Barbara Krüger, maneja una tensión moralizante lejana al simple visualismo puro, para conducirnos, de forma rápida, directa y shokeante, a las mismas contradicciones del sistema.
     Pero aunque su obra no sea estilísticamente retadora y crítica, tal como hubiera sido en aquel entonces el cubismo analítico de Picasso o Braque, su mensaje sí lo es: su obra entera, con ese grado de ambigua objetividad que maneja, se une a la praxis vital plasmando una porción de Realidad sobre el papel tal como lo hiciera un periodista con su columna editorial y basta sólo con conocer Indie-pendiente para ver cómo Sofilí explora el punto débil de la sociedad y la cultura masiva, cargando con la fragmentación y la disuasión propias de la sociedad posmoderna de la cual se nutre. Así, su iconografía se alimenta de esa Realidad para volver a ella y provocarla, golpearla hasta hacerla reaccionar y en algún momento, quizá, cambiarla. Esto además se hace posible gracias a la inclusión que logra un mensaje que, a suerte de Manifiesto, se define por un nosotros hablándoles a un ustedes mediante estos dialectos propios de los sectores específicos a los cuales va dirigido.
     Así, una vez más se nos presenta ante nosotros el fantasma de las Vanguardias para equilibrar la fantasía y la suficiencia del arte burgués y acercarnos, aunque sea por poco, a la franca verdad de la sociedad en todos sus matices. Quedará claro, entonces, que la tesis y la antítesis del arte actual, tal como ocurría al comienzo del siglo pasado, nuevamente vuelven a girar en torno a estos dos parámetros: la belleza pueril, el culto vacío al significante, la vanidad de los colores y las formas, que la obra de Milo Locket, por ejemplo, representa su más pura esencia, en oposición al mensaje claro y conciso ligado a la Realidad de una propuesta como la de Sofilí, la cual se presenta como una prueba fehaciente de que las búsquedas de reconducir al arte con la Vida contra un superficial esteticismo, por lo visto, todavía no han muerto. A su vez, estas ideas demuestran, una vez más, que el artista todavía puede establecerse como sujeto social y no tan sólo como un simple esteta e invitar al espectador a abandonar, de una vez por todas, el papel pasivo al que estábamos sometidos para abocarnos, en conjunto, a la actividad más irrestricta... y al cambio.




No hay comentarios:

Publicar un comentario