sábado

La conquista del tiempo y el espacio sagrado cristiano

       Como vimos en el artículo anterior, el arte romano sienta las bases del arte paleocristiano. Este toma la significación de la imagen cotidiana para resignificarla y aportale un nuevo discurso. Hemos hablado de la maiestas domini como motivo iconográfico por excelencia, aunque nos han quedado pendientes muchos otros no menos importantes como el Buen Pastor, de reminiscencia clásica del Moscóforo, los rasgos alegóricos del maestro filósofo en la imagen de Cristo o el motivo del Orante, retórico de la pietas romana. Así mismo, el arte cristiano tampoco permanece aislado del mundo del circo y el hipódromo, en cuyos casos la utilización de ciertos motivos iconográficos se basarán en una determinada función triunfalista de los venatores combatiendo con animales, también resignificada en el poder y el triunfo de Cristo, en cuyo caso es interesante entenderlo no sólo por su función propagandística de la religión sino también por la búsqueda de su repetición, del triunfo sobre la muerte del mismo difunto: si Cristo venció a la muerte, se esperará que el difunto que sigue sus pasos, también lo haga. De todas estas formas, estamos convencidos de la estrecha relación entre el arte cristiano y el arte funerario e imperial pagano, en búsqueda de la concepción de Dios como Emperador ecuménico; caso por excelencia, se me viene a la memoria el ábside de San Vital con Cristo majestático sentado sobre el mundo.

       Pero esa penetración en la sociedad se dará no sólo a través de la imagen sino mediante la conquista del tiempo y la construcción del espacio sagrado.
       El cristianismo se instalará en el tiempo compitiendo con las fiestas y celebraciones paganas. Pero esta conquista, tiene además como consecuencia directa la reestructuración del orden, las reglas y los ritmos de la vida medievales. De las apropiaciones más importantes, el día de la Navidad fue directamente asimilado a la celebración del nacimiento del Sol Invictus pagano, que se llevaba a cabo en diciembre, antes de las Calendas de enero. La asimilación de Cristo con el Sol, idea de proveniencia neoplatónica, tendrá, como veremos, sus correlatos en el programa simbólico de la arquitectura. Paralelamente, las fiestas religiosas paganas serán reconocidas por el poder secular a partir de Constantino como meros “actos cívicos” relegándolos a un segundo plano. En consecuencia, la reestructuración del calendario romano o la incorporación del dies domini (domingo) como día de reposo, manifiestan una apropiación del orden temporal de la sociedad basada en concepciones cristianas, que empezarán primero, entrando en sana competencia con el paganismo para luego, llegado Teodosio, en el 380 d.C. oficializarlo y prohibir toda otra festividad o conmemoración.
       La construcción del espacio es más compleja. El cristianismo desde el principio se diferenció del paganismo en lo relacionado a la arquitectura manifestando un desinterés muy evidente en apropiárselo: no utilizó ni los mismos lugares de culto ni la misma estructura del templo sino que se constituyó en un espacio propio. Si bien, varias iglesias se construyeron muy cerca de otros templos -tal el caso de Santa Sabina- recién en el siglo VII el Panteón de Agripa será convertido a la Iglesia de Santa María de los Mártires y posteriormente el Partenón en Santa María de Atenas, cristianizando así el mismo espacio pagano, pero ya veremos por qué. El cristianismo conforma su espacio en una estructura similar a la basílica forense. Remarco: similar, ya que mantiene ciertas correspondencias estructurales pero no idénticas.
       La primera basílica cristiana, San Juan de Letrán, erigida en tiempos de Constantino, será tomada como ejemplo paradigmático para la construcción de las posteriores iglesias. De exterior sobrio a more romano con techumbre a dos vertientes y tejas, contrasta fuertemente con un interior muy decorado donde encontramos la completa significación de la arquitectura, con cabriada de madera a la vista, dividido en naves, generalmente una central y dos laterales, por una  larga arcada que, desde la entrada hasta el ábside, conforman una direccionalidad y un cinetismo muy marcado. La completa significación del interior es obviamente un desarrollo de la arquitectura romana anterior; pero si la arquitectura romana -tomemos el caso del Panteón- lograba conformar un espacio envolvente y contenedor del sujeto, la basílica cristiana se caracteriza por una inorganicidad de sus partes en donde la espacialidad está totalmente sacrificada en pos de un simbolismo. El cristianismo, en este sentido, crea, más que un espacio, una dimensión, donde lo central será el simbolismo de la espiritualidad y la separación entre lo sagrado y lo profano.

       Las dos arcada continuas se articulan con un paño murario, con mosaicos o pinturas parietales, horadado en la parte superior por ventanas que permiten atravesar una luz ténue sobre la nave central, dejando así las naves laterales en una marcada penumbra. La luz de la nave central se remata en un ábside orientado hacia el Este, comúnmente también ventanado     -de influencia oriental- marcando un simbolismo puesto en la luz, separado de lo oscuro y profano. “Yo soy la luz y he venido al mundo para que todo el que crea en mí, no permanezca en las tinieblas” (Jn 12,46). Esto busca simbolizar un camino: “Yo soy el camino, la verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6) que luego se reafirmará tapando la cabriada de madera a la vista por un techo casetonado, comúnmente pintado de dorado, que confiere a la nave central una ilusión de caja iluminada. Los catecúmenos debían permanecer en las naves laterales envueltos en la penumbra y no se les permitía presenciar el momento de la Eucaristía. En este sentido el nártex del templo, también ocupado por los catecúmenos, simboliza un lugar de purificación previo a la entrada en el “camino de la verdad y la luz”.
      La posterior Iglesia consagrada a San Pedro seguirá en esa misma línea pero agregando el transepto por cuestiones prácticas para el fácil acceso de los peregrinos y los fieles al martyria, lugar donde se conservaban las reliquias del mártir. San Pablo extramuros, copiará la estructura, incluyendo el transepto, aunque ya no por los mismos motivos. El transepto se sistematizará recién llegado el románico.
      
       Por lo visto, el cristianismo conforma su propio espacio separado del espacio pagano, por un lado por miedo a los demonios que podrían habitar en esos recintos y por otro, por no entrar en  problemas con una élite urbana que veía una pérdida en la construcción de estatuaria y edificaciones de culto si se usurpasen sus lugares. En la construcción de su propio espacio, distinto a la conquista del tiempo pagano, la separación de lo profano es remarcada en el mismo sacrificio de la concepción espacial romana para la constitución del simbolismo sagrado. La utilización posterior de templos paganos, recién llegado el siglo VII en adelante, tendrá como fin, ya no reafirmar el poder de Cristo y la nueva religión sino el poder mismo del papado. Así, las mismas esculturas o pinturas de los templos serán conservadas sólo mediante la llamada Interpretatio Christiana; caso por excelencia, las metopas del Partenón, que fueron destruídas todas salvo las escenas de Centauromaquia (que pertenecían al repertorio iconográfico cristiano) y la metopa 32 del friso sudoeste donde aparece Atenea, en la cual el cristianismo creyó ver la escena de la Anunciación.

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